17 de mayo de 2014

En pleno cierre del campeonato liguero, la sed de fútbol no se calma, es más, podría decirse que se agudiza por la llegada del evento futbolístico más esperado del año, el mundial.

Más allá de las opciones que pueda tener cada selección de alzar el ansiado trofeo dorado, este evento de orden universal se ha convertido en toda un a guerra de intereses publicitarios, luchas de marcas, en incluso, conflictos entre países.

Nadie se olvida de aquella final entre Francia y Brasil en el mismo Arco del Triunfo parisino, que terminó proclamando campeones a los propios galos. Se dice, y sin ninguna ausencia del más razonable criterio, que en el mundial celebrado en Francia en 1998, una conocida marca deportiva “obligó” a jugar a la entonces estrella carioca, Ronaldo Nazario. El fútbol, que nació plebeyo y pertenecía a la clase obrera, era una fiesta que los pueblos se daban a sí mismos hasta que el negocio se apoderó de él y lo convirtió en un gigantesco objeto de consumo. Sin embargo, y a pesar de las diferentes disputas que puedan producirse, la pasión contenida en cuatro años y la ilusión renovada tras el campeonato anterior destapan la verdadera esencia del mundial, el fútbol en estado puro. Y es esto, precisamente, lo que hace que este deporte reine en todo el orden universal conocido.

El fútbol permite sacar a relucir la faceta lúdica del ser humano.